La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
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Mira el paisaje del amorTú. Que llenas todo de alegría y juventud Y ves fantasmas en la noche de trasluz Y oyes el canto perfumado del azul Vete de mí No te detengas a mirar Las ramas muertas del rosal Que se marchitan sin dar flor Mira el paisaje del amor Que es la razón para soñar Y amar. Vete de mí V. y H. Expósito Camina cabizbaja con el mentón enterrado en el pecho esperando pasar desapercibida. En cambio consigue que todos la miren, con tanto sollozo y tanto jipío se convierte en un blanco perfecto para la curiosidad ajena. Carcomido el ánimo por el desencanto, fija la mirada en las baldosas del suelo intentando poner sus pies solamente en las rojas. Cuando las ojeras jalonan su rostro, los ojos le penan y la nariz le escuece de tanto sonársela, su curiosidad circula obstinada en calcular qué podría pasar si en un descuido pisara donde no debe. Lo gris. Al meter las manos en los bolsillos, encuentra el pañuelo que se compró para sujetarse el pelo aquella tarde, cuando quedaron por segunda o tercera vez. Lo mira y lo deja caer, ya le duele recordar. Detrás de ella, sin reconocer el pañuelo y esquivándolo en su marcha, un hombre espera la ocasión para detenerla. Posiblemente no se atreva a hacerlo, ni en esa calle ni en las siguientes, pero sujeta unas violetas con esperanza e hila una explicación creíble para volverla a comenzar por inmerecida cada vez que vuelve una esquina. Temiéndose el final del recorrido e irreparablemente cada vez más cerca de él, con la certeza de ser incapaz de atajarla, de abrazarla, de reconfortarla con la alegría de su regreso. Persiguiéndola mientras camina cabizbaja con el mentón enterrado en el pecho, esperando pasar desapercibida. Siguiéndoles a ambos, una señora pisa el pañuelo. Pasa por encima con la cabeza bien alta, los ojos cargados, los labios oprimidos. Estruja en su mano derecha un informe que le ha echado diez años encima, descubriéndole la traición y el engaño, la pasión inoportuna e inconfesable de su señor esposo. Cada poco se detiene arrepentida de su extravío queriendo retomar la dignidad de su personaje, la nobleza de su comportamiento, la honra de su proceder… pero sin poder sujetar su encono, suelta lágrimas azabache mientras va arrancándose trozos del alma, siguiendo la neurasténica marcha de ese hombre con un pequeño ramo de flores en la mano. En los ultramarinos, la cara del dueño se ilumina a su paso. Habría tantas cosas que querría decirle y son tantos sueños los que destaparía para ella, tan señora, que sin percibir el dolor de sus ojos estira una sonrisa y levanta su mano para saludarla, bajándola con vergüenza. Guardándola bajo el delantal para cortársela más tarde. Qué horror. Invisible de nuevo, el tendero vuelve a su trabajo en las estanterías, reponiendo conservas que veinte años atrás comenzaron a apilarse en ese rincón, mientras el pañuelo acaricia su postigo sin detenerse y él cae en la cuenta, con abatimiento, que podría comparar cada pote con un fragmento de su alma, almacenado cada vez que ella ha pasado por su puerta sin que se atreviera, a nada como ahora mismo, para acabar viéndola alejarse caminando erguida, con la cabeza bien alta y desafiante. Enfrente, la hija mayor del pescadero, que vigila la puerta de los comestibles desde el pasado mes de noviembre, se queda mirando el pañuelo mientras pasa de largo empujado por el viento. Ya no sabe vivir sin espiar el otro lado de la acera. Una mañana de domingo su madre la envió a comprar manzanas, y el dueño puso una de más en el cartucho y le sonrió al entregárselo, prendiendo así de sencillamente el corazón de la chiquilla a la persiana de su tienda. Cree estar enamorada y es muy posible que lo esté, por eso espera pacientemente a que él atraviese la calle. Por eso, y porque se le cruzó un cometa en sueños y en su estela estaban los dos. En la punta de la calle, una pareja se habla de amor en los ojos y aunque no llegan más allá de los labios, calman una sed inagotable que les arranca suspiros de pasión. ¡Ay! Mira –dice ella, recogiendo el pañuelo que se enreda entre sus pies- lo que siento me sale de aquí, te juro por lo más sagrado que noto algo. Es caliente y lo llevo prendido en el cuello. Si no te beso, me hincharé hasta salir volando o hasta explotar. Y él, que lo ha visto en su cabeza con claridad, entreviendo la pérdida pone su boca sobre la de ella para decirle: Ahora mismo te saco eso del pecho. Ríen y entre alharacas y arrumacos el pañuelo se les escapa de las manos y rueda arboleda abajo. Al doblar la vereda, el jardinero arranca con entusiasmo las ramas secas. Conseguirá un buen pellizco en cuanto el cementerio parezca el jardín del mismísimo alcalde, y como tiene ganas de acabar su trabajo para poner la mano, a la carrera y con furor estira de los ramajes. Su mano encuentra resistencia en un jazminero que brota fresco, perfumando la tumba de esa muchacha que murió de mal amores y la de aquel señor mayor que la visitó durante años y que cayó sin vida allí mismo. Tenaz, consigue arrancarlo de raíz, dejando al descubierto un puñado de tierra húmeda que se encoge ante la luz y la lluvia que comienza a desplomarse, hasta que la corriente empuja hasta allí el pañuelo que, rodando con delicadeza, viene a detenerse sobre la brecha. Amparándola. INFORME MENSUALPor Aquel cuyo nombre no debe ser pronunciado, guía máximo, esplendor radiante de inconmensurable sabiduría, rector de nuestro albedrío, afirmo: La santidad del sujeto presenta varias manifestaciones: La humanidad del sujeto le hace sucumbir ante las tentaciones: Jueves, 02 de Diciembre de 2004 16:11. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. Enlatados¿Es posible sentir el amor como el primer día, tan fresco y fragante como si estuviera vivo? La respuesta es: sí, se puede. Depende del tipo del que se trate, pero sí. Con los amores corrientes, habituales y acostumbrados, es más difícil. Los amantes desaparecen llevándose consigo mismos la mayor parte de aquello que permitiría revivir el sentimiento, y las posibilidades que tienen cualquiera de ellos de reproducir alguna escena, la que sea, o una sensación aislada de cuantas compusieron dicha historia, se reducen a ninguna. Faltan personajes. Casi todo el material restante es tangible y se compone de recuerdos en su mayoría, algún objeto, baratijas. Con tan escasos medios lo único que se consigue es acrecentar el dolor y la honda ausencia, actitud en la que es recomendable no incidir. Mas cuando, oh fortuna de escogidos, ha sido un amor extraordinario el que nos ha bendecido con sus dones, las dificultades desaparecen porque se trata de una variante que no ha sido barajada en condiciones normales, ni bendecida con semblanzas conocidas. El amor prodigioso no sigue pautas establecidas, ni conoce reglas, ni caminos ya marcados. El amor sorprendente asume muchas formas, y una de ellas, señores, es el amor a distancia. El amor a distancia se mantiene gracias a la mensajería -ya en forma de cartas, ya en tiempo real (gracias a las redes informáticas, de tan común uso en la actualidad)-, las vías fónicas, y las noticias por terceros. También gracias a las ganas, el arrebato y el empeño, pero resulta obvio señalarlo siendo las señaladas, tónicas comunes para cualquier tipo de relación. Como es natural, digo, los terceros y las vías fónicas acaban desapareciendo en algún punto de la historia, con lo que restan tan solo las letras intercambiadas, que pudiendo parecer insuficientes, en circunstancias como estas son: el todo. Téngase en cuenta a la hora de su valoración que transportaban los sentimientos en los que se basaba la relación amorosa, que salían esforzadas de las manos de los amantes, que nacían para atravesar largas distancias solo para morir en los ojos del que esperaba ansioso al cabo de la travesía. Nacían, sí, para morir con la seguridad de portar el aliento preciso, la caricia más dulce, el beso más lento. El más ladrón. Recorrían no importaba el trayecto llevando el peso de las pasiones, la llama que las prende, el deseo que las apunta, la hermosa luz de los sentidos. El amor, en suma. Así se explica que no importando el tiempo que transcurra para dichas letras, guarden el aroma de su primera ojeada; seguramente porque nada ha cambiado para ellas, porque las palabras no saben que su emisor, o quizá su receptor (o ambos) ya no siente nada. Qué saben las palabras de amor… de términos, de plazos, de finales. Qué han de saber, si lo único que les importa es llegar a buen puerto y culminar su divina labor. Qué saben de semanas, meses, años. Qué sabe el amor de fecha de caducidad si el amor no se puede atar, ni constreñir, ni violentar, ni cortar, y es libre, tan libre el día que nace como años después y para siempre, aleatoriamente posado sobre la memoria y dolorosamente recordado. Caprichosamente abandonado y traicionado. Marcado y archivado por ser humano. Enlatado, como digo, para no morir nunca. Quien tiene un amor enlatado de los del tipo “amor en la distancia” guarda un tesoro de excepcional valor. Rescatarlo de tanto en tanto es una liturgia que solo unos pocos llegan a celebrar. Vestidas como su primer día, las cartas o las líneas enlatadas permiten revivir con total lujo de detalle momentos ya caducos; pero que contando con todo su peso específico, con todos los protagonistas, con todas las luces en sus renglones, con la misma ternura en cada punto y aparte y toda la gloria en su conjunto… hacen alcanzar una ilusoria, aunque casi palpable, sensación amorosa que termina cuando uno así lo desea. Ya que, señores, el amor así guardado es posible revivirlo, afirmo, tan fresco y fragante como el primer día. Una carta de enamorados es siempre tan admirable como cuando fue escrita. Es siempre tan reconfortante como cuando fue leída. ¿Qué tipo de persona dejaría que ese tesoro se perdiera en el río de la indiferencia, en la mansedumbre del tiempo perdido, en la herida bibliografía del orgullo, siquiera en la profundidad de negro veneno? Jamás, responde quien de veras ha amado. Jamás, confirmo. Yo misma, que tanto amor he girado por mensajería, me niego a desprenderme de un puñado de líneas que aún hoy, me inundan íntimamente. Leyéndolas, a pesar de la distancia que las motivó, y que perdura; a pesar del tiempo que ha pasado, que ya hoy es de años; a pesar de cientos de miles de motivos por los que podría justificar su olvido y por ello, incluso a pesar de mí misma, amo. En esas líneas de inmenso valor estamos él y yo, los dos, como hace tiempo. En ellas, hablándonos en tiempo real, de nuevo pareja, tal como éramos. En ellas hay un hombre y una mujer que se quieren y que lo hacen sin saber que el punto y final ya es solo un recuerdo. Pero una pareja de enamorados que seguirán amándose ajenos a la realidad, enredándose en perpetuo ovillo, esperando atraer a sus protagonistas solo para treparles hasta el corazón, envolverles cuello y rostro con su aromático fulgor, y arrancar de sus ojos el brillo por el que fueron unidos: El amor. Amor de ida y vuelta, amor de eterna presencia, amor libre que vive enlatado, amor pasado que duerme en mi cajón, amor viejo, amor atrasado pendiente de cobro, amor, amor y mil veces amor. Amor perro. Amor que no te irás. Amor que tanto te quise. Amor, mío. QUINCEMiro por la ventana y me parece estar paralizado en un cuadro gris. Creo pertenecer a un dominio que nada tiene que ver conmigo, algo intermedio entre el creador y el observador que excluye las cualidades de ambos. Objeto. Inmóvil. Escrutado. Viernes, 03 de Diciembre de 2004 17:40. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. Llega la Navidad. Mira hacia arriba, ya debes tener un árbol sobre tu cabeza. Agítalo, las bolas campanean de aquí para allá y los brillos se multiplican. Te sienta bien. Ahora lo único que tienes que hacer es intentar no perder un sólo adorno hasta pasado Reyes. No es nada fácil. Habrá premio para los ganadores. DIECISÉISAbro una lata. Lunes, 06 de Diciembre de 2004 17:39. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. 4´33´´John Cage es el compositor que concibió 4´33´´ que como alguien que me lea sabrá, es una composición de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio, obviamente sin notas musicales sonoras (pero con tempo:60), calculadas con las cartas del Tarot. 4´33´´ en su momento levantó gran controversia. El sarcasmo y la provocación se apoderaron de las críticas a la otra, pero a Cage lo que realmente le interesaba era la naturaleza práctica del sonido mismo: En su ensayo de 1949 “Forerunners of Modern Music”, Cage escribe: “El sonido tiene cuatro características: altura, timbre, intensidad, y duración. El sonido tiene un opuesto y necesario coexistente, es el silencio. De las cuatro características del sonido, solamente la duración concierne a ambos sonido y silencio. Por lo tanto, una estructura basada en duraciones (rítmica: frase, intervalos de tiempo) es apropiada (se corresponde con la naturaleza del material), mientras que la estructura armónica no es apropiada (derivada de la altura, que en el silencio no existe). (Cage 1961, 63)” En 1951 entró en una cámara anecoica (una habitación pensada para no tener eco o sonidos externos) en la Universidad de Harvard y esto fue lo que le pasó: ...escuché dos sonidos, uno grave y otro agudo. Cuando se los describí al ingeniero encargado, me informó de que el agudo era el funcionamiento de mi sistema nervioso, el grave era la circulación de mi sangre. Hasta que muera habrá sonidos. Y continuarán después de mi muerte. No hay que preocuparse por el futuro de la música. (Cage 1961, 8) Años después y hasta la actualidad, algunas salas representan los denominados “Conciertos para apagar”, que consisten en un apagado gradual de todos los sonidos contínuos (interruptor tras interruptor, gradualmente), para asistir al descubrimiento de paisajes sonoros cada vez más nítidos y definidos en función de una cada vez mayor presencia de silencio. Los que asisten a estos conciertos dicen que nunca han oido nada igual. DIECISIETE-Dice que cuando abrió la puerta descubrió una plataforma suspendida a gran altura con una empinada escalera metálica que se abismaba a su izquierda. La habitación era un altillo desde cuya ventana se podía ver una ciudad de un gris pesado y que la plataforma era un mirador desde el que se podía ver hasta donde la vista alcanzaba una inmensa factoría llena de tramos móviles a base de correas, poleas, tramos deslizantes que formaban un conjunto laberíntico de líneas de producción que se entrecruzaban siguiendo azarosos trazados desprovistos de toda utilidad y que toda aquella parafernalia servía, según él, para mover millones de cajas de madera capaces de contener un cuerpo humano en agónicas condiciones y que dichas cajas surgían de extraños, y monstruosos por su tamaño, cubículos que ascendían hasta el techo perdiéndose de vista, y que seguían los recorridos de aquellas líneas sin llegar a ningún sitio en particular, confirmando que aquel trasiego carecía de objetivo el hecho de que muchas cajas volvían a los cubículos, otras se detenían en sectores específicos esperando ser elevadas y retenidas por acumuladores dispuestos a ese efecto pero a ningún otro aparentemente que la simple espera, otras caían al suelo siguiendo vías que terminaban abruptamente, otras, a causa de problemas técnicos, se agolpaban y entrechocaban saturando inmensas zonas y que el suelo estaba lleno de cajas rotas, pero que no podía decir si antes habían estado llenas o vacías, o si lo que las llenaba había desaparecido o hecho desaparecer, desde aquella atalaya era difícil distinguir los detalles, aunque si pudo constatar que de algunas de aquellas cajas rezumaba un viscoso líquido parduzco, pero que no sabe de que estaba compuesto. ¿No le parece increíble? Miércoles, 08 de Diciembre de 2004 17:39. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. Nunca tuve mano para las macetas. Hace unos meses una persona que por lo visto (y por el estado de su regalo) me quiere, me hizo llegar a casa un centro de flores. Con mucho cuidado (o al menos con más cuidado del que pongo en cambiarle el agua al pez) fui sacando mata tras mata y colocándolas en macetas individuales que ahora están en mi patio. Y llueve. Les cae el agua de la lluvia de plano. Las estoy viendo desde aquí. Están brillantes, sanísimas, espléndidas. Quién sabe si no sean capaces ellas, antes que yo misma, de darse cuenta de la llegada de la capa caída. Total, como nunca tuve mano para las macetas... Qué pez más odioso, oiga. DIECIOCHOAyer en la oscuridad, en la caja más pequeña que está dentro de una de esas otras cajas que puedo ver desde la rendija de mi caja, la habitación está vacía. El mundo tiembla, quizás por una puerta que se cierra, quizás por una telúrica desazón. Las latas están desparramadas por el suelo de la caja. Golpeo la madera. Golpeo la madera. Golpeo. Lamo la sangre de mis nudillos, los muerdo clavando los dientes que chirrían contra el hueso, estiro con fuerza la pierna y el clavo desgarra la carne de mi pie. Gateo sobre el limo parduzco recogiendo las latas, acunándolas entre mis brazos. Balbuceo abrazado al desorden, imposible ya. Me balanceo. Abro todas las latas una a una arrojándolas al rincón contrario al de las latas vacías. No son mis latas. No huelen. Pesadas y grises y rancias. No huelen. Mi interior consagrado por los siglos de los siglos. Viernes, 10 de Diciembre de 2004 17:39. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. DIECINUEVEAyer en la oscuridad, tú, por siempre alabado, tomas el camino de las escaleras que se abisman a tu izquierda. Martes, 14 de Diciembre de 2004 17:38. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. Cama redondaTirado en el suelo, con la espalda contra la pared y desgreñado de arriba a abajo, maldecía cada paso que no era capaz de dar tras ella. Pensó que lo primero que debería hacer nada más levantarse habría de ser afeitarse, ducharse y vestirse como un ser humano; pero desde luego no inmediatamente. Echó una ojeada al reloj y descubrió que ya había pasado una hora desde la última vez. Se sentía ridículo allí sentado, impávido, clavado literalmente al suelo y espectador de una soledad que él mismo se había buscado. Tres días, tres largos días desde que ella le dejó y lo único que había conseguido en todo ese tiempo era dar vueltas por toda la casa interpretando una alegría que no sentía, un alivio que no terminaba de llegar y un desahogo que a esas alturas, le parecía muy mal ganado. La casa se había vuelto repentinamente grande, colosal, y no encontraba su lugar en ninguna parte. La noche anterior acabó allí, en aquel rincón del pasillo donde durante horas podía imaginar que ella saldría del dormitorio, o de la ducha, y pasaría por allí por cualquier causa para preguntaría qué caracoles hacía así. Él se levantaría y la seguiría adonde fuera. Todo volvería a ser como antes. Especular con esa posibilidad le hacía sentirse completamente feliz. Metió la mano en el bolsillo de la camisa y al desplegar aquel trozo de papel rosado fijó su atención en las letras al pie de página. A ella le gustaban esos detalles, en su escritorio todo estaba marcado con sus iniciales. Su pluma, el papel, los sobres, el sinfín de lápices de colores… su diario. Meses atrás él se atrevió a leerlo. Fue una casualidad, atravesaba la habitación en dirección al vestidor y lo encontró tirado despreocupadamente sobre la cama. Supuso una tentación demasiado grande, sabía que pasaba largas horas escribiendo en él y que también habían sido muchas las veces en que había rechazado su compañía para refugiarse en esas páginas, algunas veces hasta bien entrada la madrugada y sollozando al acostarse como si acabaran de sentenciarla a muerte. Sentía una gran curiosidad y no reparó en saciarla. Encontró pasajes muy interesantes referidos al apetito sexual de ella en triste comparación con el suyo, que por añadidura, creyó humillado. Párrafos pecando de pensamiento o de escrito o de hecho, pasando página sin conseguir finalmente despejar esa incertidumbre; y una vez calmada su curiosidad, hoja tras hoja, un terrible solaje del que apenas le costó impregnarse fue creciendo en intensidad sobre las retinas del usurpador. Encerrada en aquellas letras encontró a una mujer sola, vencida, abandonada. Despreocupadamente confesa. Se dio de bruces con una extraña que parecía estar sufriendo a su lado. Amargamente incluso. Acusándole de un abismo que se abría entre los dos. Insalvable, terrible, irrecuperable. Sorprendido, detuvo la lectura, le parecía mentira estar leyendo todo aquello, y más viniendo de ella. Él no había notado nada extraño en su relación, bueno en realidad sí, pero solo pequeños detalles: alguna reticencia, algún mohín, alguna desgana que disculpaba a las señoras y las volvía aún más encantadoras. Sintió un peso terrible sobre lo hombros y una sequedad de garganta que amenazaba con asfixiarle, su mundo se le venía encima. Abatido y cabizbajo, abandonó la lectura y cumpliendo con su obligación, acabó de vestirse y salió hacia el despacho. Durante los días que siguieron a la insensata ojeada, se alejó conscientemente de su mujer. Pasaba el tiempo esperándola en su lado de la verdad, creyéndola incapaz de sentir todo aquello que había visto reflejado en su diario. Poco a poco se fue cerciorando que el abismo era real. Cuanto más esperaba, más negro e insalvable se abría. Sentado en la otra punta del mundo, la miraba y cada vez la comprendía menos. ¿Qué había sido de su compañera, de la que parecía caminar a su sombra, la que hacía más liviana su pesada carga con trivialidades y chiquilladas a deshora? ¿Qué le habría llevado a ese estado? Desde luego él no había tenido nada que ver, de eso nada, eso eran cosas de ella. Barbaridades. Había pocos maridos como él: tan trabajador, tan abnegado y entregado, tan consciente de los sacrificios que una vida como la suya requería. Sabría cómo poner fin a aquel melodrama. No permitiría que ella abriera la boca para culparle de algo, para humillarle como hombre, como esposo, como nada. ¿Dónde le dejaría eso ante sus amistades, en el despacho ante sus compañeros y superiores, ante mamá? Se adelantaría. Vaya si lo haría. Pero antes quería cerciorarse, echar un nuevo vistazo al diario. Ciego de orgullo, con todas las horas de esforzadas jornadas de trabajo hirviéndole en las venas y herido en lo más hondo por tan ingrata recompensa, devoró decenas de páginas hasta que dio con la solución. Puso un anuncio en el periódico buscando amistad y posibles relaciones, eso sí, serias, por parte de una señora de buena posición con señor enamoradizo y galante sin reparos económicos. Comprometió a un fulano y se reunió con él en una cafetería de las afueras. Le habló de su mujer, de lo que pretendía. Quería que la enamorara, que la hiciera abandonar la casa, que la llevara lejos, a un lugar que él mismo compraría y si hiciera falta, mantendría. Al pelado se le hizo la boca agua en cuanto vio la fotografía y no dudó un instante en coger el talón. Después, le ayudó día tras día a conquistar a su mujer leyendo en el diario las impresiones que ella iba sacando tras cada encuentro y mejorando paulatinamente la actuación del amante. Llevándole, guiándole, trazándole la ruta adecuada al corazón de su esposa. Hasta que se la entregó por completo. Hasta que un buen día, fingiendo salir de viaje, les espió mientras hacían el amor en su propia cama, cama que ante sus ojos sufrió una mutación geométrica y se tornó redonda. Y al final, la nota "…querido, soy muy feliz. No trates de buscarme. Cuídate…". Volvió a doblarla y la guardó de nuevo en el bolsillo. Después se incorporó, por fin, y deambuló arriba y abajo por el pasillo. Llegó al dormitorio y apoyándose en la manivela, abrió la puerta con miedo como si por ella fuera a escaparse un demonio. Lo que más le aterraba era encontrarla vacía. Lo estaba. Allí no había nadie. Sobre la mesa estaba el diario, la muy inconsciente lo había olvidado. Se sintió vencido y la casa acabó por caérsele encima cuando al tirarse sobre la cama, restos de perfume bañaron su rostro castigándole de tal forma, que un dolor que le nació en la boca del estómago le partió el pecho por la mitad hasta salírsele por la boca en forma de desgarrada pena. En un primer arrebato corrió a la mesa de su despacho. Cuando forcejeaba con el tercer cajón, y mientras maldecía aquella cerradura cayó en la cuenta que lo había quemado todo la noche en que ella le abandonó. Los billetes de avión, los resguardos, los teléfonos de contacto. Recordó las botellas de vino, las risas, el alivio, la alegría, el fuego. Recordó cómo por encima de todas las llamas brillaba su orgullo. Radiante, espectacular, victorioso. Y ya no quiso recordar más. VEINTEPor la rendija entra una mosca. Se acerca al montón de latas nauseabundas de las cuales no pienso comer. Ova. Come. Muere. Emergen larvas. Las que comen la mosca viven. Las que comen la mosca después comen la comida de la lata. Las que comen la comida de la lata mueren. Todas mueren. Entra una mosca. Ova sobre las larvas muertas. Ova sobre la comida. Come. Muere. Emergen larvas. Las que comen las larvas muertas y la mosca muerta viven. Las que comen las larvas muertas y la mosca muerta después comen la comida. Las que comen la comida mueren. Todas mueren. Entra una mosca. Ova sobre todas las cosas. Come. Muere. Emergen larvas. Las que comen las larvas muertas y la mosca muerta viven. Las que comen las larvas muertas y la mosca muerta después comen la comida. Las que comen la comida mueren. Algunas larvas de las que comen las larvas muertas y la mosca muerta viven lo suficiente para ver llegar la siguiente mosca, que ova entre los vivos y los muertos y en la comida y come y muere y emergen larvas y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez y cuando sobre las latas hay una capa pululante de larvas, entonces yo como. Jueves, 16 de Diciembre de 2004 17:38. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. La tía Inocencia Por Add.,con mi admiración. Navidades del 2.004 De común exasperante, la tía Inocencia sufría del don de la inoportunidad. Nació cuando ya no se esperaban más hijos, creció siendo un puro incordio y cuando eligió fecha para morirse, tampoco le vino bien a nadie. La tía Inocencia, que en paz descanse, era la menor de diez hermanos. Nació un soleadísimo y asfixiante atardecer de agosto, justo cuando su parturienta madre respiraba la última gota de oxígeno de la habitación. A la recién nacida tuvieron que sacarla deprisa y corriendo al balcón del dormitorio para que pudiera respirar a pleno pulmón. Rápido, rápido. Se puso de un morado que no era normal. Bajo la marquesina del dormitorio, la abuela Vicenta pudo adivinarle el color de los ojos. Azules. Como los vasos que el abuelo Paquito había traído de Milán. Pero la maniobra de aproximación al respirable no fue tan rápida como para impedir el estropicio y a la pobre tía Inocencia la echaron de un inmerecido empujón tras la puerta de la cocina, bajo la bolsa del pan, donde pasaría sin pena ni gloria el resto de su infancia devolviendo, idiotizada, las sonrisas que su gran familia le dirigía. Es justo mencionar que aunque fueron otros los culpables de las desdichadas circunstancias que rodearon los primeros minutos de su vida —que habrían de marcar sus capacidades para todos los restos—, a la tía Inocencia nadie le obligaba a permanecer allí. Era ella quien se levantaba y conforme ponía un pie en el suelo, se echaba al cuerpo uno de los vestidos que la abuela Paz le cosía y hala, allí que se metía. Sin nada en las manos. A hacer rulitos con los lazos de la falda, con su pelo, con las cintas de la bolsa del pan, con cualquier cosa que se dejara trajinar y que estuviera a tiro. A la primera que se le ocurría asomar la punta del pie más allá de la puerta que la estaba viendo crecer, hacía tropezar a alguien de la casa. Válgame. Entonces le gritaban y le hacían muchos aspavientos, que había que ver qué oportuna era para salir. La tía Inocencia se mordía el labio inferior, acobardada, retrocedía a sus losas de origen y se columpiaba pie adelante, pie atrás, aguantándose unas ganas terribles de hacerse pis encima hasta que veía que tardaban demasiado en sonreírle consoladoramente y se le escapaba arrollador canilla abajo. Después muy despacito, levantaba sus ojillos azules color vaso-milán y su pariente, a esas alturas arrepentido y con la conciencia cargada, le volvía a sonreír y ella le restablecía la mueca, mojada pero más tranquila, antes de ir al patio y traerse ella misma el mocho. Sellada como lisiada, como todas las de la época era tratada con indiferencia. Vivía en los márgenes del libro donde se escribía la historia de la familia pues en las orillas era donde se ponía. Con dieciocho o diecinueve años se ve que le cogió el aire a eso de convivir con los trajines de sus hermanos y consiguió rondar por la casa pasando pegadita a la pared. Siempre retorciéndose un pico del vestido, o las manos, o palpándose en la entrepierna. A fuerza de no tener nada mejor entre los dedos empezó a echarse mano. Al principio que se tocara mientras se asomaba por las habitaciones no tuvo la mayor importancia, pero a la tía Inocencia le dio por detenerse y manosearse hasta caérsele un poco la baba y ponérsele los ojos en blanco, y a su familia le comenzó a intimidar su presencia. Rápidamente se levantaban, cerraban la puerta, dejaban pasar un rato. Pero estas actitudes volvía a reproducirlas cuando había visita; y cuando se dejaban el portón abierto, en el postigo de la calle; y en cuanto se descuidaban, frente a alguna ventana abierta de par en par. Cuando acababa, el angelito sonreía buscando la complicidad de los suyos y no atinaba. La tía Inocencia padecía. Padecía mucho. Ya no sabía si cuando se le quedaban en jarras frente a ella, tan serios, debía mearse encima, o sonreír, o tocarse, o no, o alejarse pegadita a la pared, o volverse tras la puerta de la cocina, o columpiarse adelante y atrás o si todo lo contrario, quedarse quieta y dirigir sus ojitos azul-milán hacia quienes la miraban de esa forma a ver si le daban la de siempre, gritos y aspavientos. Al final sus brazos decidían por ella y comenzaban a golpearla en la cabeza. Con fuerza. Y cuando se le cansaban, su cara se le iba contra la pared. Padecía muchísimo mi tía. La encerraron en el cuarto del fondo desde donde apenas sí se le oía gemir. Forraron las paredes con espuma. La ventana daba al monte. Con el tiempo, lo que tenía terminó degenerando de tal modo, que sus gritos y sus gemidos se oían hasta por las noches y los vecinos se quejaron a las autoridades que dieron una fecha tope para sacarla del inmueble. Una tarde de agosto, con una ola de calor espantosa golpeando las ventanas, los del hospital psiquiátrico se llevaron a mi tía Inocencia que cruzó la casa pasando los deditos por la pared del pasillo. Cuando puso un pie en la calle, bajo un soleadísimo y asfixiante atardecer que venía por segunda vez a por ella, sólo supo contar hasta veintisiete antes de caer muerta a los pies del enfermero que la custodiaba. Sin oxígeno y sin familia, inoportunamente. Todos asistían en ese momento, con urgencia e ilusión, al nacimiento de otra niña de ojos azul-milán, yo, que los abría al mundo justo en el instante en que mi tía Inocencia cerraba los suyos, haciéndose pis encima y moviendo frenéticamente los tobillos. Con una sonrisa trazada en los labios. VEINTIUNONunca estuve aquí. Nunca descendí las escaleras. Nunca me paré en el desolado taller y miré a mi alrededor, aturdido por el abandono del lugar y por la herrumbre como estado de ánimo. Todo se cae a pedazos. Veo, oigo, huelo, siento, pero nunca estuve aquí. Paso las manos por mi cara y noto una superficie lisa, sin oquedades ni protuberancias. Quiero un saxofón helado un piano agudo una voz cascada y tengo un sordo rumor que llega de todas partes y de ninguna que me rodea como un aura opaca y se oxida a cada paso. Avanzo. Mis zapatos tropiezan (tuercas, arandelas, muelles, tornillos, juntas, clavos, virutas, herramientas (rotas, obsoletas, anquilosadas, inanes) ejes, poleas, cadenas, bobinas, rodamientos) Mis pies levantan nubes (óxido, herrumbre, orín, pátina mate, descomposición metálica que vaticina la de la carne) Avanzo sin objetivo, impelido como un autómata urgido por la simbiosis mecánica hacia donde el rumor es más persistente. Hacia las vías transportadoras que llevan cajas de un lado a otro. Miles de cajas moviéndose aleatoriamente. Domingo, 19 de Diciembre de 2004 15:53. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. Caja de viajes, de condones, de pastillas, de almas, de palabras. Todas de Roberto González Fernández. Domingo, 19 de Diciembre de 2004 15:06. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. VEINTIDÓSComo. Miro por la rendija (aplastando la cara contra la madera, aplicando el ojo al orificio) mientras como a puñados el pululante manjar. Avanzas. Tropezando, levantando nubes de óxido que se adhiere a tu traje rancio, gastado. Ayer en la oscuridad sigues infinidad de trayectos sin final. Arrimado a una caja la acompañas en su procesión mecánica. Nunca la tocas. Si aproximas una mano a la caja sientes la vibración de un furioso enjambre. Retiras la mano con asco. Continúas. Junto a la caja. Tus pies tropiezan, tus zapatos levantan. La línea termina bruscamente y la caja se detiene amontonándose sobre cientos de cajas inmóviles. Escoges otra línea, otra caja. Sigues días meses años hasta que llega a un monolítico silo con un sistema elevador rotatorio de forma que por cada caja que entra por un lado del silo otra sale por su lado opuesto. Esperas, pero sabes que no podrás distinguir la caja escogida de las otras. Marcas otra caja con un trozo de metal y esperas. Venga, hombre, ¿qué estás esperando? Escoge cualquier otra caja que sale. Días meses años siguiendo cajas, condenado a errar por un laberinto sin lógica, condenado a repetir trayectos marcados por sus huellas en el óxido del suelo, senderos repetidos que jamás terminan en el mismo sitio. Cintas que giran, cambian de dirección, de sentido, se unen a otras inexistentes antes, se cierran en bucles repitiéndose eternamente o terminan abruptamente contra un muro o en un pozo del que surge el estallido de la madera contra el suelo. Martes, 21 de Diciembre de 2004 17:37. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. El pollo![]() Siempre deseé tener un animal de compañía. Como no sabía por cual decidirme, me compré un pollo. Cuando le recogí en el mercado era el único que me miraba, el único que permanecía quieto entre el incesante ir y venir de sus congéneres. Creo que hasta se puso de puntillas. Fue amor a primera vista. Le llevé a casa y le fui dando miguitas de pan y queso, leche y galletas, hasta que se ha convertido en un hermoso gallo. Compartimos momentos inolvidables: nos bañamos en mi piscina, salimos juntos a pasear en mi auto; comer, come en mi mesa, y para asearle, lo meto en un barreño y le froto con agua templada. Es un gallo muy listo. Hablaría si supiera, aunque sé qué piensa y cuando al borde del sueño apoya su cabecita en su cojín y me mira, me transmite muchas cosas y me hace sentir muy comprendida. Esta mañana me ha acompañado por primera vez al supermercado y cuando hemos pasado por delante del mostrador de la carnicería, le ha dado un ataque a su pequeño corazón de gallo que le ha dejado en estado catatónico. Prácticamente inservible. Debí elegir un perro. Son más fieles. VEINTITRÉSPostrado ante la efigie de la hormiga reina, las rodillas en un charco viscoso, perpetúo los ritos. En conmemoración tuya, me doy, me vacío. Como a puñados el blanquecino y ciego fruto de la cosecha. Le doy al rebaño mi sangre, mi bilis, mi semen y se acrecienta pastando en el cieno de mis entrañas. Ayer en la oscuridad llega el dolor atravesando como un clavo ardiendo mis tripas. Me doblo sobre el légamo hediondo hasta poner la frente sobre las rodillas. Una sustancia como un fuego impuro atraviesa mis intestinos hasta reventarlos. La constancia de mi humanidad se desparrama por el suelo de la caja. Lunes, 27 de Diciembre de 2004 17:37. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. ¿Por qué será que los pasteles que tenemos en la bandeja de casa no apetecen, y cualquier barrabasada que haya en caja ajena, se nos antoja la bendita gloria masticable? ¿Y por qué la historia se repite tanto, somos todos tan parecidos en nuestra cotidianeidad y a pesar de ello, nos creemos diferentes y especiales (!!!)? Esta tarde, uno de mis hijos apuraba la bandeja de los dulces y al coger un bombón, me ha mirado. Dudaba. En sus ojos azules aparecí de niña, con cara de haberme tragado un sapo, tras haber escogido pieza ante una caja de bombones franceses en casa de mi tía. Como la otra tarde, cuando esa misma persona les dio a él y a su hermano un super-postre de entre decenas de alineados chocolates y se lo metieron en la boca sin saber lo que se iban a encontrar. Un asqueroso bombón de licor. Ahora tengo un hijo (y dos) con el mismo miedo ante el bombón. Con la misma desconfianza ante las tías en su faceta bombonera. Ahora tengo un hijo (y dos, y dos) que duda ante la bandeja de dulces de su propia casa y no digamos ante las de los parientes. Hemos perdido la inocencia ante el chocolate, señores, se ha ido volando-volando. Y en navidad. Tahar Ben Jelloun,![]() Día de silencio en Tánger ("Jour de silence à Tánger") es una pequeña novela escrita por Tahar Ben Jelloun dedicada a su padre. Cuando digo que es pequeña no me estoy permitiendo ninguna licencia, es que es muy breve. Tiene apenas noventa y una páginas. En mis manos gracias a Ediciones Península (nº 26, traducción de Alberto Clavería en 1990), y a uno de mis mejores amigos que tuvo el gusto de regalármela (tras reiterados y nada preparados olvidos por mi parte). Días antes de entregármela, me envió un sms al móvil diciéndome algo como: "¿Qué te parece una novela que comienza así? `Ésta es la historia de un hombre embaucado por el viento, olvidado por el tiempo y desdeñado por la muerte.´."
Tahar Ben Jelloun, escritor nacido en Fez, Marruecos, en el año 1944. Se trasladó a París en 1967 tras estudiar filosofía en Rabat, y colabora regularmente con el periódico Le Monde. Comenzó escribiendo poesía y sus primeras selecciones se publicaron bajo los nombres de "Cicatrices del Sol" y "El discurso del camello"; dicen de él que alarga tanto la palabra hasta quien la recibe, mientras la mezcla con las bellísimas tradiciones árabes con que construye sus historias, que éstas cobran voz y pasan de la suya a la de sus lectores. Entre sus novelas más conocidas están La Noche Sagrada (premio Goncourt 1987 --galardonado con 50 euros, como es la tradición de este premio desde su creación en 1903-- primer escritor magrebí en obtener este logro) y Los naúfragos del amor. El pasado mes de junio recogió en Dublín el galardón de la multinacional IMPAC, por una novela publicada hace tres años llamada This Blinding Absence of Light (cuyo título original francés es "Cette aveuglante absence de lumiére", y que en España titularon: "Sufrían por la luz", dotado con 100.000 euros a la mejor novela de ficción escrita en inglés o traducida a este idioma). La ciudad de Tánger está ligada a la Literatura por otros autores españoles como Juan Vega "El último verano en Tánger", Ángel Vázquez, "La vida perra de Juanita Narboni" (Premio Planeta), Joaquín Calvo Sotelo "Tánger", o Ramón Buenaventura "El año que viene en Tánger". Son muchos los escritores que se han visto impresionados por las calles, las costumbres y el ambiente de esta ciudad: Daniel Rondeau, Sylvia Eor, Thierry de Beauce, Paul Morand, Paul Bowls, John Hopkins… Y del mismo Tánger, el también escritor Mohamed Chukri ("El pan desnudo", "El zoco chico"). La novela está escrita en las ciudades de Turín-Tánger-París entre mayo de 1988 y marzo de 1989; es una breve descripción del mundo árabe además de una reflexión sobre el sentido de la vida y el paso del tiempo. La muerte está presente en todas las páginas del libro de forma recurrente ("La muerte es un navío llevado por manos de muchachas ni hermosas ni feas que pasan y vuelven a pasar en una casa en ruinas bajo la mirada incrédula y desconfiada de quien con mano firme rechaza esta imagen."), acompañando de la mano a quien se pasea por sus páginas, hasta el dulcísimo final. Una narración intimista salpicada de recuerdos en primera persona, desde los ojos de un anciano enfermo que teje con ellos una hebra por la que caminan sus amistades, sus parientes, su gran amor Lola ("Lola se presentaba de vez en cuando, siempre de improviso. En cuanto la veía, bajaba la persiana de la tienda vigilando las miradas indiscretas de los vecinos envidiosos. Le gustaba mucho acariciar largamente los pequeños pechos suaves y cálidos de Lola. Ese recuerdo se mantiene todavía vivo e incluso abrasador. En su rostro, una sonrisa de satisfacción y de nostalgia confiere un poco de luz al largo día") y casi todos sus seres queridos, ya muertos, acompañándole hacia su propio final donde el ovillo acaba por embrujar a unos afortunados lectores que acaban irremediablemente bañados por un Viento del Este al que se hace mención repetidas veces durante el transcurso de la novela ("El viento. Ése es el enemigo. Procede de ese hueco que hay entre el extremo sur de Andalucía y el extremo norte de Africa. Se dice que es del este. También se dice que se levanta a la vez que el sol pero que no tiene hora para pararse. Al llegar a Tánger se pone a dar vueltas sin saber por dónde salir. Por otra parte dicen los rumores que, si llega en viernes, exactamente a la hora de la oración del mediodía, los santos de la ciudad lo retienen por lo menos siete días y siete noches. Hay quienes hallan en él virtudes higiénicas, pues al parecer limpia la ciudad y pone en fuga a los mosquitos y a los microbios, sobre todo a los que no se ven a simple vista. Se los lleva consigo y los arroja al mar. De modo que si el Estrecho de Gibraltar está solucionado, ello se debe al viento del Éste, que arroja allí los virus.") que no deja de dar vueltas sobre la habitación del moribundo mientras se debate entre los recuerdos, el presente y una bronquitis que acabará con su vida. Fragmento: "Es preciso que deje de pensar. No voy a pensar más. Voy a hacer el vacío. Lo expulso todo de mi espíritu: las espinas amenazadoras y mis obsesiones. El viento es menos recio. Con todo, ha conseguido abrir la ventana y la puerta. Me levanto. El viento ya no es húmedo; incluso es agradable; es un viento cálido que viene del norte. El cielo está despejado. Ha cambiado de color. ¿Adonde se ha ido todo el gris? El cielo es azul. Hace buen tiempo. Estamos en verano. Es la hora de la siesta. Hay poca gente en la calle. Bajo por la calle Quevedo. La luz es demasiado fuerte. Cierro los ojos. Pasa una chica joven en bicicleta. El viento le hincha la falda y juega con su cabello rubio. Veo sus piernas. Son magníficas. Me sonríe. Me paro y espero. Da media vuelta, baja de la bicicleta y viene hacia mí. No digo nada. Su sonrisa me intriga. Ese rostro no me resulta extraño. ¿Dónde lo he visto? Quizá no sea más que una imagen, una aparición de la que emanan una gracia y una luz que me encantan y atontan. No es un sueño. Siento la suavidad del viento en mi rostro y oigo un canto lejano. ¿Esto es dejar de pensar? ¿Tener el espíritu liberado de todo lo que le estorba y le hace daño? No digo nada. Ella me ofrece la bicicleta. Está completamente nueva. Monto intentando no perder el equilibrio. No me cuesta mantenerme derecho. La chica joven se pone ágilmente entre la silla y el manillar. Mi cabeza se apoya en su hombro izquierdo. Tengo su cabellera sobre la cara y rodamos por un prado inundado de luz y de espejos." Una novela pequeña que aprieta con sus bracitos a quien la sostiene. Muy recomendable.
[...] www.lacentral.com/wlc.html?wlc=31&seleccion=68 Miércoles, 29 de Diciembre de 2004 17:34. [ + ]. Tema: Retales sueltos No hay comentarios. Comentar. Italo Calvino, "Las ciudades invisibles" Las ciudades y los ojosDespués de andar siete días a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje. Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia. Elsa Triolet y Louis Aragon Al cabo de treinta años de matrimonio, cuando a Elsa le habían detectado una enfermedad cardiaca que la robaría de los brazos de su esposo al año siguiente (1970, el año que casualmente nací), él le dedicó unas líneas en la revista ELLE que conmovieron a toda Francia. El amor que se tenían era tan grande que les chorreaba. __________________________________________________________ "He aquí que hace treinta años, que soy esta sombra a tus pies. Un fiel perro negro que gira en torno a tus talones. He aquí que hace ya treinta años que mi pensamiento es la sombra de tu pensamiento. Qué es lo que ha dicho mi alma cuando tú la despojaste de su cáscara. Cuando la modelaste a tu imagen y semejanza. Cuando en tus brazos supe que era un ser humano. Cuando dejé de fingir y reír burlonamente para ser yo mismo al tacto de tu mano. De todo esto sólo quedará una cosa Un solo murmullo, un estribillo sólo Una mirada que nada reposa Un largo gracias balbuciente Y como un prado alegría Niño-Dios mi idolatría Ave sinfín de letanía Mi eterno insomnio noche y día Mi floración calma tardía Oh mi razón ¡Oh mi folia! Mi mes de mayo de melodía Mi universo. Elsa vida mía." Miércoles, 29 de Diciembre de 2004 18:33. [ + ]. Tema: Retales sueltos No hay comentarios. Comentar. VEINTICUATROVeo. Oigo. Huelo. Miércoles, 29 de Diciembre de 2004 17:36. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar. Este no es un blog al uso. Me parece que o mucho me equivoco, o nunca será uno de esos puntos de encuentro donde se registran medio millón de entradas diarias. Ni me gustaría ni lo espero. En realidad no sé para qué lo utilizarán otros, pero como ejemplo de para qué lo uso yo, está este mensaje: Feliz entrada de año, amigos míos. Y ahora, circulen y salgan del blog cantando aquello que nos enseñaron nuestros ¿añorados? payasos de la tele "no hay nada más lindo que una familia unida, unida por los lazos del amooooo-oo-or". Viernes, 31 de Diciembre de 2004 14:12. [ + ]. Hay 8 comentarios. |
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